ADVERTENCIA
Este fic contiene gran cantidad de spoilers,
es decir que si lo lees y no has leído los libros te echará a perder la
emoción. Te recomiendo primero leer los libros escritos por Rowling y después
leer los fics, pero si no te importa saber lo que sucedió en anteriores libros
sigue, pero yo te lo advertí primero.
por Daga
“Yo soñé, y eras
mi sueño, hijo mío.
Mírame siempre a
los ojos,
que en tus ojos
me miro”
“Gigante,
chiquito”
-Imago,
speculum realitae...
Lucius Malfoy no
necesitaba mirar a su Amo para saber que Lord Voldemort exhibía su sonrisa más
inquietante al tiempo que ejecutaba sobre Draco su hechizo más reciente, el que
le había llevado tantos años de estudio. Nagini y Naga serpenteaban (nunca mejor
dicho) a su alrededor, susurrando en parsel, posiblemente haciéndole coro para
que el hechizo fuera más efectivo.
¿Cómo habían
llegado las cosas a ese estado? Draco lloraba. ¿Por frío, por miedo, sentía
dolor? ¿Las tres cosas? Era muy pequeño, pero Lucius tenía la extraña idea de
que había entendido lo que pasaba mientras él mataba a los dragones. Malditos
dragones. Todo era culpa de ellos.
Voldemort solía
referirse al conflicto de Lucius y los dragones como “un laberinto de sangre
que no tiene salida porque no tiene entrada”, una manera burlona de aludir al
hecho de que Lucien, el padre de Lucius, era adoptado y por lo tanto el
problema no debería existir. Con los padres adoptivos de Lucien se había
interrumpido la herencia de sangre que hacía que los Malfoy fueran parte del
Pacto. Por supuesto, Lucien se había encargado de reintroducir a la familia en
la alianza casándose con la heredera de otra familia del Pacto. Alphonse, el
hijo de ese matrimonio, era la garantía de que los Malfoy cumplirían por toda la
eternidad el tratado de paz entre humanos y dragones. ¿Quién iba a esperarse
que Alphonse moriría sin herederos y que el Pacto se rompería de nuevo en
Lucius, porque éste no estaba obligado por su sangre a cumplir ninguna promesa?
Para él todo eso
estaba clarísimo, pero no era tan sencillo para los demás Death Eaters. Si
Lucius quería ser aceptado plenamente entre ellos tenía que matar a los
dragones de los Malfoy. Y así lo había hecho. Fue tan fácil que casi resultaba
hilarante, las “temibles” fieras que debían proteger a su familia ni siquiera
intentaron defenderse, solamente lo miraron, acusadores, y murieron sin una
queja. Había conservado unos cuantos para su Amo, pensando que esa preciosa
sangre podría serle útil. Y acababa de matarlos también, desperdiciando ese
tesoro porque habían intentado cerrarle el paso cuando llevaba a Draco al altar
de piedra junto al cual esperaba Voldemort.
Era preferible
matar a los dragones que dejar que el Amo se impacientara. Y cuando llegó junto
a él se dio cuenta de que estaba sonriendo. Le había divertido verlo destruir a
los últimos dragones de los Malfoy.
-Hoy has roto
definitivamente con el pasado, Lucius. Pon a Draco en el altar y retírate.
Entonces había
empezado con esa salmodia en la que, entre otras cosas, Lucius podía distinguir
una versión retorcida e irónica de un hechizo mucho más antiguo.
-... imago tu
es... realitas tu es...
Cerró los ojos
esforzándose por no escuchar, pero tuvo que escucharlo todo, hasta el final,
cuando Voldemort suspiró satisfecho y lo llamó.
-He terminado.
Ahora,
contemplando a la pálida criatura que lloraba indefensa y lastimada sobre el
altar de piedra, Lucius no pudo menos que sonreír amargamente. La “recompensa”
de Lord Voldemort tenía que ser por fuerza una broma cruel, alguna especie de
castigo anticipado por un error que aún no había cometido. Pero se guardó de
hacer comentarios al respecto, mientras el Amo se apartaba para que pudiera
recoger al bebé.
Se acercó, sí,
pero para mirarlo largamente. Las manos (diminutas, perfectas) que se agitaban
en el aire con desesperación; el sedoso cabello rubio, exactamente del mismo
tono platinado que el suyo, ese tono de rubio que era la “marca distintiva” de
los Malfoy, justo lo que había hecho que Lucien fuera elegido por la familia...
Draco abrió los ojos y lo miró a través de las lágrimas. Tenía unos ojos
grandes, rodeados de pestañas largas y espesas, sorprendentemente oscuras. El
iris todavía tenía ese “algo” azulado común en los bebés de pocos días, pero
Lucius sabía que serían grises, como los de todos los Malfoy. Era cien por
ciento Malfoy.
Y, sin embargo,
Draco no se parecía a él. Cualquiera afirmaría que era demasiado pronto para
decir algo así (y años después Draco demostraría que su semejanza de carácter
era mucho más importante que sus rasgos físicos), pero Lucius había visto
durante toda su vida demasiadas fotografías de Alphose cuando bebé como para no
darse cuenta de la burla del destino: el niño era idéntico a su medio hermano.
Si Alphonse hubiera podido elegir una venganza por la participación de Lucius
en su muerte, sin duda habría sido eso. Draco era en sí mismo una broma cruel.
Con un suspiro,
lo recogió del altar, envolviéndolo en la capa, y se sorprendió por la fuerza
con la que temblaba. ¡Aquel frágil cuerpecito estaba helado! ¿Un efecto
colateral del hechizo? Con precaución, lo abrazó lo mejor que pudo, tratando de
brindarle algo de calor (en los años que siguieron, llegó a odiar el invierno,
la fría humedad de Malfoy Manor y la poca tolerancia de Draco hacia el frío, ya
que siempre que lo veía tiritando recordaba a Lord Voldemort ejecutando su
hechizo).
El bebé ya no
lloraba a gritos, estaba demasiado cansado, sólo hipaba de vez en cuando y
alguna que otra lágrima se deslizaba por sus mejillas, pero tenía los ojos
fijos en los suyos.
Con espanto,
comprendió plenamente que Draco sabía lo que había pasado, sabía lo que Lucius
le había hecho a los dragones y lo que acababa de sucederle a él sobre el
altar.
Estuvo a punto
de gritar cuando se dio cuenta de que Voldemort estaba junto a él, mirando a
Draco por encima de su hombro.
-Tiene unos ojos
preciosos –comentó el Amo. Aquello no sonaba como un cumplido, sino más bien
como un insulto o una burla.
Draco pestañeó y
las lágrimas se hicieron más abundantes, aunque no emitió ningún sonido.
-Él... él lo
sabe... –murmuró Lucius.
-¿Lo de sus
ojos?
Voldemort
definitivamente estaba de muy buen humor...
-Lo que ha
sucedido hoy.
-Ah, eso. Por
supuesto que lo sabe. ¿Qué esperabas?
-... ¿Debería
usar un oblivius?
Era una
experiencia realmente escalofriante ver a Lord Voldemort riéndose a carcajadas
mientras Nagini y Naga le hacían coro.
-Sólo que
quieras olvidarlo tú –dijo Voldemort finalmente-. Te prohíbo que pongas un solo
hechizo sobre él por lo menos durante los primeros años, cualquier tontería de
esa clase podría alterar el que acabo de hacer, y para cuando puedas imponerle
un oblivius sin peligro de hacerle daño habrá dos posibilidades: o ya no
lo necesitará o más bien hará falta un imperius. Así que no hagas
estupideces.
Lucius asintió,
un poco incómodo. Las cosas serían bastante difíciles si el niño crecía
echándole en cara lo que había permitido que pasara.
Voldemort empezó
a alejarse, pero se detuvo como si hubiera recordado algo de pronto.
-Es mejor que
aproveches esa mente tan despierta, Lucius.
-¿Milord?
-Empieza a
entrenarlo en las Artes Obscuras desde ahora, no esperes a que cumpla los once
años.
Lucius y Draco
se quedaron solos entre el altar y los dragones, mientras Lucius se preguntaba
si la última orden sería parte de la “recompensa” o algo que a su Amo se le
había ocurrido en el último momento.
Miró a Draco
otra vez, ya había dejado de llorar y sólo lo miraba fijamente. ¿Qué había en
esos ojos? ¿Dolor? ¿Miedo? ¿Rencor? ¿Odio?... ¿Confianza?...
Lentamente,
inclinó un poco la cabeza y besó al bebé en la frente. Seguía estando frío como
nieve, a pesar de la capa de Lucius. Sería mejor llevarlo adentro o enfermaría.
Lucius emprendió
el camino hacia Malfoy Manor, preguntándose cómo sería la vida de ahora en
adelante.
fin