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Israel Miranda |
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Familia |
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HUELLAS |
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Correteaba la perra tras de mis sandalias, cadenciosa, húmedo el hocico. Se fue corriendo tras su sueño, lo atarascó entre el polvo, hizo que se cimbrara su espejismo. Los sillares que puso mi padre a su casa hundiéronse con los ladridos de las piedras, era ella quien en el solar jugueteaba con las sábanas tendidas, buscaba el mordisco de la noche aun cuando el frío fuese intenso - calaba la piedra -. Era incesante ese mirar entre pregunta y coraje, esa ternura maternal de sus nueve soles y luego cinco y luego ocho y luego uno eterno, tan eterno como ella misma. No sé si mi padre la mirase, no sé qué de sutil tuviera ese cariño pero él agarró fuertemente sus orejas, la bañó con manos toscas ajenas a su rostro, inmóviles manos que la mastrujaron. Mi padre tuvo para ella restos de huesos como en gotas, tuvo tres o cuatro dulces, si pudiera decirse, insípidos. Yo quería jugar a ver qué le salía en la piel, deseaba buscar algo que mi padre no hubiese mencionado. Por eso contraje sus patas hasta su pecho, por eso fui Billy the Kid en el Oeste, conductor de trineo acuático. Ha muchas tardes que no la veo, me parece haber perdido más de dos estampas. |
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Se fue mi padre con sus notas, su piano melancólico y su guitarra; se fue mi perra -policía de mis juegos- vigilante quisquillosa de comidas, amiga que no supe si en sus patas hubo tan siquiera una miga de sal para mis gemidos. |
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Primera parte de dos. |