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Israel Miranda |
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A MI MADRE |
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Hijo lácteo de tu rostro amanecí bajo la nieve ancestral de los abuelos, gocé de lo que tú no tenías y tuve, me amamanté de lágrimas y helado viento, fui el que nació entre burbujas. Y mandaste construir un instante para mis juegos. No fui las letras que quisiste ser, no contuve mis chapoteos y salí, brinqué del estanque a la laguna. Que nos reprochen a los dos las mariposas, que nos tachen de haber enredado bosque y selva tan fuerte como un marino sujeta su mástil en la neblina. ¡No importa que las tunas queden fuera!, aún así al tejocote lo veo florecer cada mañana. Si estamos lejos y tus lágrimasnopaleschayas se transforman, no esperemos del viento la respuesta. Carguemos al hombro el zapote, que nuestra sangre se confunda con su sangre, que mi color imite su corazón, moreno rostro. Ahora tengo años de sentirme extraño, ajeno a tu casa estuve guardado en la copa del mamey, a veces escondido vaina del flamboyán, ¿pero, qué rostro puede permanecer oculto tras la piedra si es ella misma carne de nuestro anhelo? No importa que estemos fuera de sus espejismos si en esta concha el cenzontle entona cantos de torcaza. |