I.- ¿Por qué la huelga?
1. Porque las autoridades universitarias pretenden volver a instaurar los cobros de colegiaturas en nuestra Universidad, en continuidad con los cobros ilegales que por cantidad de servicios han impuesto en casi todas las facultades y escuelas después del rechazo estudiantil a la reforma que intentó el ex-rector Jorge Carpizo en 1986. La lucha del movimiento estudiantil no es en defensa de las cuotas de veinte centavos. Es en defensa de la gratuidad de la educación pública superior, garantizada por lo demás explícitamente como un derecho en la Fracción cuarta del Artículo tercero Constitucional.
2. Porque si la rectoría se logra salir con la suya con los métodos que ha utilizado para imponerse en esta ocasión, quedará con las manos libres para recurrir a lo que sea hacia delante para imponer todas las otras medidas que están en puerta en nuestra Universidad.
La libertad de disentir y de oponerse quedará convertida en algo sujeto a la voluntad de las autoridades.
II.- "...Yo estoy de acuerdo con que la Universidad debe ser gratuita, pero no estoy de acuerdo con la huelga...".
Quienes así ven las cosas deben decirnos entonces cómo podemos hacer retroceder a las autoridades si no es con la huelga. ¿Citándolas a dialogar públicamente? Ya lo hemos hecho en dos ocasiones. ¿Expresando nuestro desacuerdo por otros medios? Hemos publicado decenas de miles de carteles, periódicos murales y volantes en todas las escuelas. Hemos marchado por las calles y por la universidad en cuatro ocasiones decenas de miles de universitarios. Hemos parado actividades dos veces una amplia mayoría de universitarios (cerca de 52% en la primera ocasión y del 70% la segunda). Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance -y más- el día de la sesión clandestina del Consejo Universitario para evitar una imposición que abriera un conflicto de mucha mayor envergadura en nuestra Universidad. Hemos debatido una y otra vez en todas las escuelas, aún en aquellas en que los directores han organizado grupos de choque para impedir que sus alumnos conocieran otros puntos de vista, distintos a los del rector (como en Derecho).
Pero las autoridades no tienen argumentos, lo que tienen es el poder y lo ejercen de la manera más despótica y autoritaria para imponer su punto de vista, sustentando en sus compromisos con el gobierno y los organismos financieros internacionales, que son quienes han ordenado todos estos cambios.
Ante esto, hay dos alternativas posibles: O "aceptamos bajo protesta" que se imponga las autoridades, reconociendo que por la razón que sea no estamos dispuestos a hacerles frente. O luchamos por impedir que se impongan, con un medio de lucha a la altura de la agresión, capaz de hacerles frente. ¿se les ocurre otro a estas alturas que la huelga misma? Propónganlo. Pero todos sabemos que es la última carta que nos queda, la más difícil de implementar, pero a su vez la más poderosa. Y sabemos también que si no es ahora, antes de que termine el semestre (y esto ocurre en las preparatorias prácticamente el 23 de abril), no será más adelante. Lo sabemos bien.
Por eso la Asamblea Universitaria ha decidido finalmente estallar la huelga a las 0 horas del martes 20 de abril. Llevamos la discusión a todos los rincones de la Universidad en una carrera contra el tiempo y contra el enorme despliegue de recursos puestos en juego por la rectoría y el gobierno de Zedillo durante estos dos últimos meses. Tratamos de convencer sobre la necesidad de responder y de organizar la respuesta misma. Logramos desarrollar una importante acumulación de fuerzas.
Y llegó el momento decisivo para todos: estudiantes, profesores y trabajadores. La huelga estallará y cada uno tendrá que decidir si esta con sus compañeros o con las autoridades y el gobierno; si está por la gratuidad de la educación pública y la consecuente obligación del gobierno de sostenerla, ó si está por abrir un proceso en el que la educación vaya siendo sostenida por quien la recibe; es decir, si está por el principio que parte de que la educación es un derecho, no sujeto a las posibilidades económicas de cada uno, o si está por el principio de que estudie quien pueda pagar lo que cuestan sus estudios (o una parte significativa de ello).
Porque nadie a estas alturas puede creerse el cuento del rector de que las familias sin recursos no pagarán, etc. Ése es un simple gancho para hacer pasar la propuesta ahora que será adecuadamente burlado más adelante. Nadie con un mínimo de criterio puede imaginar que todo este conflicto creado por las autoridades busca simplemente obtener al paso de los años una cantidad inferior al 3% del presupuesto universitario. Ya vendrán los sucesivos aumentos más adelante, si no impedimos ahora que se rompa la gratuidad. Así lo ordenan los documentos de los organismos financieros que "sugieren" comenzar con cuotas menores para vencer la resistencia de los estudiantes.
Las autoridades buscarán romper la huelga por la vía de las ya célebres "clases extramuro". Ya han empezado a amenazar con que si estalla la huelga "se perderá el semestre", que los estudiantes de bachillerato "perderán su pase a facultad", "que perderán sus calificaciones", etc. Éstas amenazas no hacen sino mostrar su estatura moral ¿Qué reglamento, qué ley, qué instancia autoriza a la rectoría a condicionar cuestiones y derechos académicos al comportamiento político de los estudiantes? ¿Qué se creen estos señores?. Pero los estudiantes deberán ponerlos en su lugar. Nunca, durante ningún movimiento en la Universidad se ha perdido el semestre. Ni aún con el del 68, que duró varios meses. Siempre las clases se han recuperado después, durante las vacaciones, simplemente alargando el calendario escolar (incluyendo todos los trámites interrumpidos por la huelga). Más aún será posible hacerlo ahora, habiendo por delante dos meses de vacaciones intersemestrales.
Para que las clases extramuros tengan realidad se necesita una cosa : que acudan estudiantes a ellas. Por eso no pudieron ser echadas a andar durante la huelga contra el plan Carpizo en 1987 y durante la huelga de maestros y trabajadores en 1977. Para que las clases extramuros puedan triunfar, las autoridades deben ser capaces de convertir a los estudiantes en traidores de sus propios compañeros, en esquiroles de su lucha, que es una lucha por una causa tan justa y noble como la defensa de todos a estudiar, la defensa de la gratuidad de la educación.
Una huelga masiva, con miles y miles de estudiantes de toda la Universidad participando en ella, que dejen solas a las autoridades con sus directores, sus porros y sus guaruras será una huelga que triunfe fácilmente y que habrá de dejarnos una Universidad más justa, más libre y más democrática.
Los estudiantes volcados a las calles de la ciudad, con sus brigadas, sus volantes y su palabra pueden más, mucho más, que un Barnés, un Alatorre y un Zabludovsky mintiendo a los cuatro vientos sobre las causas de su lucha. El pueblo sabrá distinguir inmediatamente de que lado debe ubicarse. Que nadie lo dude. Y esto hará que la balanza se incline a favor de los estudiantes. Porque el país está hecho un polvorín por el sinfín de injusticias cometidas por el gobierno contra toda la población. Y los estudiantes son especialmente capaces de convertir en lucha toda esa indignación. Ahí está la fuerza de la huelga.