|
|
|
|
¡Ven, levántate hijo! Dijo mi viejo padre Chañar. Coge mi cuerpo, mis manos secas y mis dedos de púas. Prepara mi leche de arrope y agudiza la memoria... Límpiate el alma de cansancio prematuro, hostiga ahora la planta a que te muestre el cerro de La Cruz. Desciende y lee... Esta es la mansión del luto, el débil como el fuerte, corrido el plazo absoluto, viene a pagar su tributo a la inexorable muerte...Ámanos porque nos pertenecemos... Y si aún sigues cantando con acento provinciano, sólo entonces, majestuosa y para siempre, cantará COPAYAPU... ...Allá donde nace el río, morirá mi sangre....Y me buscaré... ...Me buscaré en las criptas donde viven los muertos, pero yo sé que nunca estaré ni he de encontrarme, redoblaré mi esfuerzo y sembraré raíces de pequeñas pupilas azules de poetas para que un mundo nuevo se alumbre como un ojo girando en rededor la paz del Universo...
...Sí, te miro... eres de un material al que nadie puso nombre con un canto al instinto como un rito del espíritu y yo te miro desde el fondo de los ojos con la copa detenida de la sangre incendiando la muerte en las arterias... Sí, y caminamos hacia la distancia llevando un recuerdo desteñido en la mirada más allá de lo lejos... Sin miedo a perder nuestras sandalias azules y la llave de la dicha en las estrellas... Y emprendemos el viaje, por un mar de arena, navegando sobre rocas milenarias...Copayapu... Copa de Oro... Copiapó...
|
. |
|