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| EL ANCLA DE PABLO NERUDA El ancla llegó de Antofagasta. De algún barco muy grande, de aquellos que cargaban salitre hacia todos los mares. Allí estaba durmiendo en los áridos arenales del Norte Grande. Un día se le ocurrió a alguien mandármela. Con toda su grandeza y su peso. Fue un viaje difícil, de camión a grúa , de barco a tren, a puerto a barco. Cuando llegó a mi puerta no quiso moverse más. Trajeron un tractor. El ancla no cedió. Trajeron cuatro bueyes. Éstos la arrastraron en una corta carrera frenética, y entonces sí se movió, hasta quedarse reclinada entre las plantas de la arena.-La pintarás? Se está oxidando.-No importa. Es poderosa y callada como si continuara en su nave y no la desgañitara el viento corrosivo. Me gusta esta escoria que la va recubriendo con infinitas escamas de hierro anaranjado. Cada uno envejece a su manera y el ancla se sostiene en la soledad como en su nave, con dignidad. Apenas sí se le va notando en los brazos el hierro deshojado. PROFESORA DE CASTELLANO, TRINIDAD CECILIA ARANCIBIA MORALES...
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